Honduras
.La neblina densa que desciende desde las montañas le resta visibilidad a la zona. Una pertinaz lluvia cae sobre la carretera, lo que obliga a los conductores a bajar la velocidad.
Los automóviles de doble tracción bajan y suben a vuelta de rueda, debido a que el terreno de la calle es disparejo, aunque se aprecia que ha sido reparada.
El ambiente que se percibe hoy hace recordar la trágica mañana del pasado 25 de marzo, fecha en que fallecieron 27 personas y 18 resultaron heridas al precipitarse un bus de la ruta interurbana, en el sector conocido como “Vuelo del Ángel”.
El lugar en donde se produjo una de las tragedias más dolorosas de este año. Se encuentra ubicado a unos 350 kilómetros, al noreste, de la capital y a unos 12 kilómetros del municipio de Jesús de Otoro.
Peligro
La carretera que conduce hacia el lugar del accidente es de tierra, construida por entre las montañas, por lo que en diferentes tramos se observan profundos abismos.
El más significativo cañón es el Vuelo del Ángel, debido a su profundidad, el cual comienza a varios metros del punto del accidente automovilístico.
A unos metros del sitio en donde voló el bus amarillo con placas AAC 1121, siete meses atrás, en el cual se transportaban 45 personas de aldeas y caseríos del municipio de Jesús de Otoro, se encuentra una pronunciada curva en descenso.
En el lugar, ahora convertido en el más temido por conductores y pasajeros, aún se desconocen los letreros que indiquen precaución para los conductores que circulen por la zona, en especial para las horas nocturnas y la temporada de lluvias.
La colocación de tres diminutas cruces en memoria de los fallecidos es la única señal que se observa como referencia al peligro de la zona.
Y es que la carretera de la muerte, como le llaman también los vecinos, permanece en el olvido de las autoridades gubernamentales, pese a que durante el fatídico accidente se prometió colocar señales preventivas por toda la vía sin pavimentación.
Las promesas de señalizar la carretera y de construir varios muros de contención que podrían evitar nuevas tragedias quedaron tan solo en el recuerdo de los vecinos.
“El pasar por esta calle da terror, uno cierra los ojos y se encomienda a Dios, pues para nosotros la carretera fue la culpable de la tragedia”, dijo José Pracmacio García, uno de los pobladores.
Incumplimiento
De acuerdo con el entrevistado es necesario que las autoridades gubernamentales y municipales retomen una vez más las promesas que lanzaron durante el velatorio y entierro de las víctimas.
“En ese momento no solo se prometieron obras a lo largo del camino, también se ofreció ayuda para los familiares en especial para los huérfanos, pero esa ayuda solo llegó para paliar la necesidad de ese momento, después nos hemos quedado en el olvido”, expresó García. Son más de 8 familias que quedaron desintegradas, tras la pérdida de uno o ambos jefes del hogar.
En las comunidades de San Jerónimo, Suyapa, Borbollón, Rodadora, Agua Buena, La Pastosa, San Isidro, Pueblo Viejo, Macuelizo, y Llano Largo, residen los niños que quedaron huérfanos, menores que en la actualidad necesitan de alimentos, ropa y zapatos.
Los menores también necesitan de ayuda psicológica ya que algunos hasta fueron testigos del rescate de los cuerpos de sus padres.
Silvia Palacios, abuela de seis niños que quedaron huérfanos, tras la pérdida de ambos padres, relató que sus mayores preocupaciones surgen al pensar en el futuro de sus parientes.
Lo que más le preocupa a Palacios es desconocer si el próximo año podrá matricular a sus nietos en la escuela.
Otra de las necesidades que doña Silvia aseguró no poder cubrir, es la de vivienda, pues no cuenta con los recursos económicos.
“En este momento los niños solo cuentan conmigo y aunque cuentan con un terreno en donde se les puede construir una casa yo no tengo esos recursos” expresó la señora.
Promesas
En la comunidad de Borbollón residen otros seis niños, a quienes el destino les arrebató a su madre, producto del accidente de tránsito.
Martina Domínguez, abuela paterna, de los niños es quien se encarga de cuidarlos, mientras su padre José Domínguez, se dedica a las labores de la agricultura.
Según Martina, en múltiples ocasiones ha recibido en su humilde hogar a varias comitivas del gobierno e instituciones que les han prometido la construcción de viviendas y apoyo económico, pero al parecer sus nombres quedan en listas falsas.
“Nosotros ya no creemos y ahora solo le pedimos a Dios que nos dé larga vida para ver crecer a estos niños”, dijo Domínguez.
Antecedentes
Según algunos pasajeros que resultaron ilesos durante el accidente, antes de pasar por la pendiente el automotor no presentó ninguna falla y el conductor viajaba a velocidad normal.
Unos 20 minutos habían transcurrido desde la última parada en San Jerónimo, cuando de repente sintieron que el bus se precipitaba al abismo sin que el conductor lograra controlarlo.
Para sacar a las víctimas y sobrevivientes fue necesario de la ayuda de bomberos y vecinos, quienes aún no salen del shock que les produjo la escena desgarradora que presenciaron.
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